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dijous, 25 de febrer del 2010

Lavarse las manos

Lavarse las manos antes de salir del lavabo es, aparte de una buena medida de higiene, un acto socialmente recomendable. No es extraño ver caras de reprobación hacia aquel que sale de los servicios sin haberse lavado las manos previamente. Pero, desgraciadamente, como muchas otras convenciones sociales la mayoría de gente sólo las cumplen cuando se sienten observados u obligados y pocas veces las realizan por convencimiento. Les propongo que hagan la siguiente prueba: quédense diez minutos, y con la puerta cerrada, en un reservado de un urinario público no masificado como puede ser un supermercado, una biblioteca o un cine y agudizen su oído para captar cuántas veces oyen el grifo del agua después de que algún usuario, que creyendo estar solo, haya orinado a escasos metros de usted. Después salga del reservado y quédese otros diez minutos pululando haciendo ver que está orinando o lavándose las manos y comprobará cómo el número de personas que se lavan las manos crece exponencialmente. Una vez realizada esta experiencia entenderán por qué siempre se ha recomendado no comer los cacahuetes salados que ponen en la barra algunos bares para que la gente vaya picando mientras consume su bebida. Muchas veces, demasiadas, las personas humanas actuamos por obligación y no por convencimiento.
Pero hay otra forma de lavarse las manos y es la que evidenció Poncio Pilatos. Lavarse las manos es no querer saber nada de un asunto, inhibirse o renunciar a ello. En el día a día de nuestros centros escolares comprobamos cómo algunos padres de alumnos se lavan las manos en lo concerniente a la educación y formación de sus hijos. Los centros asisten, impotentes, a un número cada vez más creciente de padres que se consideran tan y tan ocupados que son incapaces de encontrar una mínimo hueco en su agenda, personal y profesional, para poder hablar con el tutor de su hijo o ir a recoger las notas del correspondiente trimestre escolar. Algunos, incluso, ni tan sólo tienen tiempo para hacerlo telefónicamente de tan ocupados que dicen estar.
Lavarse las manos es pensar que ganar mucho dinero permitirá satisfacer las necesidades materiales de los hijos y que con éso es suficiente para contribuir a su educación y formación. Lavarse las manos nos lleva a los niños-llave, que padecen su soledad en un hogar vacío y del cual sólo tienen la llave que les abre la puerta a la inexistente relación familiar, o a los niños-estrés que alargan su jornada fuera de casa encadenando actividades para igualar los horarios de sus padres.
Lavarse las manos es llevar años y años hablando de conciliar los horarios laborales y escolares y haber conseguido que, como siempre, haya un clamor popular para que los centros docentes se adapten a los horarios de las empresas y que cada vez más el mundo educativo vaya perdiendo fuelle respecto a la sociedad. Y ésto sucede en este país nuestro que es uno donde los trabajadores pasan más horas en su puesto de trabajo pero que también es uno de los menos productivos de esta Europa a la que nos queremos parecer. Quizás como sociedad nos deberíamos exigir trabajar menos, es decir, estar menos tiempo en el trabajo y hacer más faena, es decir, producir más y mejor. Todo lo que no sea ir por este camino nos llevará, una y otra vez, a lavarnos las manos como sociedad. Las continuaremos teniendo muy limpias y no nos las habremos ensuciado, más o menos como hasta ahora.

dimecres, 29 d’octubre del 2008

La puntualidad, ¡otra vez!.

Hoy he vivido, ¡otra vez!, una de las circunstancias que más me desagradan: la falta de puntualidad de la gente. Habíamos quedado un grupo de compañeros del trabajo, a una hora determinada, para desplazarnos juntos al lugar de la reunión. Como casi siempre a la hora acordada estábamos sólo dos de las personas que habíamos quedado y en los diez minutos siguientes han ido apareciendo el resto de los compañeros menos uno. Cuando llevábamos veinte minutos de espera alguien ha propuesto telefonear al móvil a la persona que faltaba, pero no ha habido forma de contactar con ella. Cuando llevábamos treinta minutos de espera vemos aparecer a nuestro compañero caminando con calma y sonriendo plácidamente. Y, la verdad, uno esperaba en ese momento alguna especie de excusa del tipo “lo siento”, “he tenido una urgencia y me ha sido imposible ser puntual”, o cualquier otro argumento exculpatorio. ¡Pues, no!, no ha dicho ni esta boca es mía y el resultado ha sido que hemos llegado tarde ¡todos! a la reunión por culpa de él.
Me choca la frescura, por no decir caradura, de ciertas personas que se creen con el derecho de hacer esperar a la gente día sí y día también. En la era de las telecomunicaciones, en que cada uno de nosotros tenemos acceso a la telefonía fija y móvil con suma facilidad, es de esperar que si surge un impedimento se telefonee al resto de los compañeros y se comunique la incidencia. A éso algunos le llaman buena educación, otros como los psicòlogos y los pedagogos, dirían tener pensamiento de perspectiva, es decir, saberse poner en el lugar de los otros. Lo contrario, la forma de actuar de este compañero nuestro, es egocentrismo y ya se sabe que al egocéntrico le importa muy poco el resto de la humanidad.
De esto que ha pasado hoy me maravilla, por no decir que me indigna, la incoherencia entre lo que esta persona dice en público y su forma de actuar en privado. Me imagino que ha de tener un profundo desprecio hacia los demás que le lleva a encontrar normal que cada día la gente espere por ella. Y, para más inri, las veces que se le ha hecho alguna observación sobre su falta de puntualidad se ha sentido ofendido y se ha enfadado con la persona que se lo ha dicho. Ya sé que estamos en un país donde ciertas actuaciones, como la puntualidad, se relativizan y otros como el exigir empezar las reuniones a la hora se demonizan. Ya sé que se perdona antes al que llega tarde, por sistema, que al que empieza la reunión, por sistema, a la hora acordada. Uno está más tolerado y al otro lo tratamos de intransigente e inflexible y lo toleramos poco o nada. Lo contrario de lo que sucede en las sociedades avanzadas y desarrolladas de nuestro entorno.
Ya sé que lo escrito aquí no servirá de nada excepto para desahogarme internamente pero pienso cómo es posible que haya gente que predique sin el ejemplo. No nos ha de sorprender, pues, que seamos uno de los países que dedicamos más horas del día a la jornada laboral y que menos índice de productividad tiene. ¡Tantas horas en el trabajo para tan poca faena!.

dilluns, 1 de setembre del 2008

Entre ustedes y yo: el primer día

Ha sido, el de hoy, un día para olvidar. Reconozco que no me gusta el primer día de trabajo después de las vacaciones de verano. Entre ustedes y yo, bastante triste es tener que levantarte por la mañana después de todas unas vacaciones fabulosas de verano, como para tener que soportar el ritual del reencuentro con los compañeros de trabajo. Aún recuerdo, todo sudoroso, el sonido del maldito despertador y el camino largo e interminable hacia el trabajo rezando para no coincidir con nadie conocido al cual tener que decirle los formulismos sociales obligados. Los hados me han sido propicios y no he visto a nadie conocido en todo mi recorrido.
¡Una hora!. Una hora entera saludando, besando, estrechando manos y diciendo puros formulismos sociales que no compromenten a nada y dicen todavía menos. ¿Y éste?, ¿éste quién es?, ¿cómo se llama?, me suena que es del departamento de lenguas pero la verdad es que nunca he hablado con él pero es igual, ¡choca esos cinco, tío!. ¿Y cómo te ha ido?, le pregunto para quedar bien aunque, entre ustedes y yo, poco me interesan sus vacaciones pero de esta forma parece que quedo mejor delante de todos.
Una vez realizado este ritual social hemos tenido la primera reunión, o claustro, donde una vez más los mismos contenidos pero con diferentes palabras han salido de la boca del director del centro. Que si un nuevo curso, que si unos objetivos nuevos, que si unas obras nuevas, que si unos proyectos nuevos, que si ...... ¡Que sí, que sí!, que ya lo sé, que tenemos que volver a trabajar un curso más, que ya ha pasado el verano, que se acabó lo bueno.
Y llegada la hora de finalizar la jornada te queda una sensación de “ya visto” que, entre ustedes y yo, te da por pensar ¿y si el próximo curso empezamos el día 2 y hacemos ver que ya nos hemos saludado y dicho las obviedades de cada curso y nos ponemos directamente a trabajar?. De todas formas, entre ustedes y yo, ¡que tengan un buen curso!.

diumenge, 29 de juny del 2008

Vacaciones escolares

Y como cada año ya han llegado, ya están aquí. Son las vacaciones escolares de verano que nos traen, por enésima vez, las quejas de un sector de padres que consideran que son extensas e injustificadas. Incluso algunos culpan del tema a la Iglesia por aquello de las interrupciones escolares en navidad, Semana Santa y el verano. Pero, la verdad, es que hacemos, aproximadamente, las mismas vacaciones que hacen otros países pero resulta que nosotros las tenemos más concentradas mientras otros las hacen más repartidas durante el curso. Si aquí tuviéramos un calendario más laico, como en Francia por ejemplo, trabajaríamos seis semanas y libraríamos una más un mes de vacaciones en verano. No hay ningún sistema escolar que satisfaga a todos a la vez.
A muchos habría que decirles que en nuestros centros no podríamos impartir clase en julio y agosto, puesto que las aulas están sin acondicionar. Les podríamos recordar también que muchos alumnos durante el curso llegan a estar fuera de casa unas once horas diarias, más que una jornada laboral. Que las vacaciones escolares antes no eran un problema pero desde que la mujer se incorporó masivamente al mundo laboral, los abuelos ya no residen todos en casa y que cada vez más los adultos dedicamos más tiempo a la jornada laboral ya no sabemos qué hacer con los hijos. Muchas cosas se están haciendo mal para que la compañía de nuestros hijos sea un estorbo.
Ahora que somos adultos ya no nos acordamos con qué ganas deseábamos las vacaciones y lo bien que nos iban para desconectar y hacer otras cosas que no fuera la rutina diaria. Pero, ahora que somos padres, pedimos que no haya vacaciones pues no nos cuadra bien en nuestra organización personal diaria. La pregunta sería, si tanto os molestan los hijos en casa, ¿por qué los tuvísteis?. ¿Para tenerlos fuera de casa todo el día durante todo el año?. Habría que recordar que los hijos no son de los profesores, son de los padres.
¿Qué las vacaciones de los escolares son demasiado largas?, desde hace muchas décadas así es. Quizás, solamente quizás, el principal problema sean los horarios laborales absolutamente aberrantes que gozamos en este país pero no por ello los escolares tienen que pagarlo. Y como siempre en esta sociedad nuestra es más fácil meterse con la escuela, con los profesores, que no con las empresas y los empresarios. Como las empresas aún no se han puesto las pilas al respecto cada vez que hablamos de conciliación de horarios atacamos por el eslabón más débil y acabamos incrementando el número de horas de permanencia escolar, en cualquiera de sus variantes, de nuestros hijos.
Todos los años la misma queja en las mismas fechas, ¿se imagina a su media naranja pidiendo a su jefe, sí al de usted, que le quite días de vacaciones porque molesta en casa?. No es cuestión de castigar al niño.