dijous, 5 de juny de 2008

De palabras y actos

Encaramos el final de este curso escolar y pienso en cuántas veces nuestras palabras quedan desmentidas por nuestros actos. El colectivo docente es muy proclive a transmitir mensajes que sus propios actos desmienten de una forma descarnada. Es el viejo refrán de haz lo que te digo y no lo que hago.
Muchos tenemos en nuestro recuerdo la imagen del médico de familia cuando con un puro en la boca nos sentenciaba con un “deje usted de fumar”. Sus actos desmentían sus palabras y, que se sepa, pocos dejaban de fumar porque se lo dijera su médico. A los docentes nos pasa otro tanto de lo mismo cuando cargamos contra el consumismo desaforado de nuestros alumnos, lo decimos de una forma tan seria y dogmática que no nos damos cuenta que vestimos nuestra camisa Ralph Lauren o hemos dejado encima de la mesa nuestro bolso Mandarina Duck y esa incoherencia entre lo que decimos y hacemos hace que no seamos creíbles. Sí, sí, deben pensar nuestros alumnos, tu mucho cargar contra el consumismo pero tus pantalones Furest y tu Audi A4 me dicen que lo que quieres para mí no lo quieres para tí.
Los alumnos captan enseguida cuando un profesor es coherente con lo que explica. Ya podemos decirles que se han de esforzar, que han de seguir unas pautas de trabajo, que han de elaborar sus trabajos siguiendo una estructura, que si captan que los trabajos no son corregidos con detenimiento entonces estamos dando rienda suelta a la picaresca de copiar, o lo que es peor, a que algún alumno que vaya de sobrado se atreva a poner entre el redactado del trabajo insultos o frases del tipo “marica el profe que lea ésto” y, evidentemente, cuando no hay la reprimenda posterior el alumno se reafirma en que ese profesor ni siquiera ha hecho el esfuerzo de hojear su trabajo y que por lo tanto es mejor entregarle en un futuro un trabajo de cortar y pegar que tenga muchas páginas que no un trabajo bien hecho y elaborado. Los hechos desmienten las palabras.
Lo mismo nos pasa a los adultos en nuestras relaciones personales y laborales. Todos sabemos que a veces es mejor que no nos digan lo buenos profesionales que somos pues los actos de quien nos está halagando nos desmiente su valoración positiva. Es aquello de “no me quieras tanto y dáme de comer”. Las sociedades laborales, y la escuela es una de ellas, está llena de equilibrios entre la realida y la apariencia, la sinceridad y la hipocresía, el abrazo y la puñalada, la verdad y la mentira, entre lo correcto y lo incorrecto. Son trazos de la sociedad que vivimos que impregnan nuestras aulas y salas de profesores y, siendo así, son actitudes humanas que transmitimos incluso de forma inconsciente pero, puesto que somos así, ¿no deberíamos esforzarnos en desterrar estos comportamientos y actuar con coherencia con nuestros alumnos y compañeros?. La respuesta la dejo en el aire de nuestros pensamientos, de cada uno de nuestros pensamientos, porque si no tendríamos que concluir que cuando traspasamos el umbral cada mañana nos disfrazamos del personaje que nos toca representar pero que, a pesar de todo, nuestros alumnos y compañeros no dejan de vernos como unos simples actores.